Uno de mis alumnos sufre de trastornos alimenticios. ¿Cómo ayudarlo?

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El trastorno alimenticio es un tema muy delicado y, al igual que el abuso de drogas y sustancias, es un síntoma o una señal de que algo no está bien. El problema de comer por sí mismo no es lo que debe ser tratado, sino todo un conjunto de cuestiones más profundas que se manifiestan a través de este comportamiento auto-destructivo y que a largo plazo deriva en:

  • Pérdida de peso extrema y desnutrición
  • Sistema inmune debilitado
  • Estreñimiento o pérdida de las funciones normales del intestino.
  • Disminución de la temperatura corporal
  • En casos de bulimia dolor de estómago y esófago y decaimiento de los dientes debido al ácido del estómago al vomitar
  • Pérdida de masa muscular y fuerza
  • Desequilibrio electrolítico (calcio, magnesio, potasio, sodio)
  • Muerte

 

Los trastornos alimenticios se caracterizan a menudo por un temor intenso al sobrepeso y una imagen distorsionada del propio cuerpo, pero la raíz de este temor deviene de otros sentimientos mucho más profundos.

Aunque podemos creer que es “fácil” de detectar, la realidad es que hay todo un recorrido previo hasta que el problema se hace realmente visible. Cuándo esto pasa, es porque la enfermedad lleva ya un tiempo considerable desarrollándose. Por eso debemos estar atentos a los síntomas previos.

Las personas que padecen de un trastorno alimentario pueden experimentar unos o más de estos problemas subyacentes:

  • Inseguridad consigo mismo y con los demás.
  • Necesidad de estar en control
  • Baja autoestima
  • Miedo a sentir emociones profundas
  • Preocupación por la necesidad de complacer a los demás. Miedo al rechazo
  • Inseguridad con respecto a su apariencia y competencia
  • Negación o falta de conciencia ante las necesidades del cuerpo como el hambre
  • Exageración de perfeccionismo y logro.
  • Conjunto de estándares muy rígidos y altos. Adicción a alcanzar la perfección

 

En cuánto a los efectos sobre el cuerpo a corto plazo, estos son algunos de ellos:

  • Mareos, debilidad y mal humor.
  • Sarpullido y piel seca
  • Insomnio o trastornos del sueño.
  • Glándulas hinchadas.
  • Pérdida de cabello y calidad en las uñas.
  • Pérdida o fluctuación de peso.
  • En las mujeres, ausencia o irregularidades en el ciclo menstrual.

 

Si hemos visto que uno de nuestros alumnos (tanto mujeres como hombres) manifiesta una o más de estas características y síntomas debemos ayudarlo. Hacerlo no es fácil, ya que en general no son conscientes de su enfermedad y especialmente en las primeras etapas suelen estar reticentes a recibir ayuda. Por esto debemos ser muy cuidadosos al abordar el tema:

  • Seleccione un tiempo para hablar con el estudiante cuando no tenga prisa y no sean interrumpidos.
  • De una manera directa y no punitiva, indique al estudiante todas las observaciones específicas que han despertado su preocupación, tratando de no enfocarse en el peso corporal o en los alimentos. Evite los conflictos con su estudiante.
  • No lo culpe o avergüence por sus acciones o actitudes.
  • Su responsabilidad no es diagnosticar o proporcionar terapia; Es el desarrollo de una conversación compasiva y directa que en última instancia ayuda a un estudiante en problemas a encontrar comprensión, apoyo y saber que existen recursos terapéuticos apropiados ante la presencia de bulimia o anorexia.
  • Si la información que recibe es convincente, comuníquele su sentido tentativo de que él o ella podría tener un trastorno alimenticio, así como su convicción de que el asunto claramente tiene que ser evaluado.
  • Evite dar soluciones simples. Por ejemplo, “Si te detienes, entonces todo estaría bien!”. No se convierta voluntaria o involuntariamente en el terapeuta, salvador o víctima del estudiante.

Si logra que su alumno le cuente lo que le está pasando debe escucharlo con detenimiento y mostrarle que aprecia que esté siendo abierto y honesto con usted. Muéstrese solidario y disponible para lo que necesite y dele a la persona la esperanza de que con ayuda profesional y la paciencia de él o ella puede liberarse de su trastorno.

Estrenar colegio a los 2 años

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Los jardines de infantes o guarderías no son depósitos de chicos. Llevarlos a un centro de este tipo no tiene por qué ser un castigo para ellos, sino una experiencia muy positiva.

Dicen los expertos que, a partir de los tres años, los chicos deben ampliar su círculo social y empezar a relacionarse con otros chicos de su edad. Por eso, la mayoría de los padres prefiere esperar hasta el tercer cumpleaños para enviar a sus hijos a un jardín de infantes. Sin embargo, son muchas las parejas en las que ambos miembros trabajan y no pueden dedicar a su hijo las 24 horas del día, por lo que deben adelantar ese momento.

Una experiencia importante

Para quienes no tienen la suerte de contar con una persona de toda confianza, familiar o conocido, que acceda a quedarse con el pequeño durante algunas horas, el jardín o la guardería se convierten en la única alternativa. Claro que, llegado el momento, comienzan a aparecer las dudas, los temores y un casi inevitable sentimiento de culpa: ¿Debemos esperar un año más?, ¿estará bien atendido?, ¿lo perjudicará empezar tan temprano?

No obstante, cada chico tiene su propio ritmo de desarrollo físico y emocional, lo que significa que no puede establecerse con total exactitud un límite de edad a partir del cual ya están preparados para ingresar en un centro escolar. Por lo tanto, los dos años pueden ser un momento tan bueno como otro cualquiera para empezar a conocer lugares nuevos y personas ajenas al entorno familiar.

Es importante desterrar la idea de que los jardines o guarderías son lugares donde “depositar” a los pequeños durante algunas horas. Acu­dir a un centro de educación infantil no es, ni mucho me­nos, un castigo para ellos. Muy por el contrario. se trata de una experiencia positiva, que conlleva innumerables ventajas. Muchas más de las que los padres suponemos.

Como en casa, o mejor

El desarrollo del pequeño es muy importante en esta fase, y es labor de las escuelas elaborar un proyecto educativo adecuado a la edad de los alumnos que reciben. Se trata de que los pequeños adquieran unos conocimientos
básicos que los vayan preparando para la verdadera escuela y enseñarles entre otras cosas, a controlar los es­fínteres, a lavarse, a hablar correctamente y á relacionarse con los demás chicos.

Al principio, casi ninguno acepta de buen grado separarse de sus padres y tener que ir todos los días a un lugar extraño lleno de gente desconocida. La adaptación puede ser más lenta de lo esperado. Por eso conviene allanarles el terreno y prepararlos para el gran día con suficiente anticipación.

Los padres deben hablar a su hijo del sitio, de lo ameno que es, de los chicos con los que podrá jugar… También pueden contarle una historia en la que el protagonista vaya a un jardín, lugar donde le ocurren un montón de cosas divertidas. O bien, jugar juntos a escenificar la situación: “Ahora mamá es la maestra y tú y papá son los alumnos”. Para que se acostumbre a estar separado de la familia, sería bueno dejarlo, de vez en cuando, al cuidado de otras personas o permitirle jugar en casa de un vecino o amigo.

Un cambio gradual

En cualquier caso, cuando empiecen a acudir al centro educativo, los chicos tendrán que atravesar una etapa de transición en la que padres y educadores colaboren. Es necesario que el pequeño visite el jardín unos días antes para familiarizarse con las instalaciones y con las que serán sus maestras. Le facilitará las co­sas poder llevar consigo un objeto al que tenga gran apego, como su osito de peluche, su trapito de consuelo o su juguete favorito.

Por su parte, los padres deben insistir en que se permita a su hijo realizar una incorporación gradual (al principio dos o tres horas, nada más) y que uno de los dos, la madre o el padre, se quede en el jardín, en los primeros días, tantas horas como haga falta.

Es fundamental mantener un diálogo abierto con los responsables de la escuela y comentar con ellos cómo transcurre la adaptación.

Para tener en cuenta

Conviene asegurarse de que nuestro hijo no vaya a sufrir cambios de maestra o de grupo. Esto es importante porque los chicos, especialmente los más pequeños, necesitan tener unos puntos de referencia estables y no pueden asumir demasiadas novedades de una vez. Su miedo a los extraños y al abandono es tan grande como su temor a los cambios bruscos. Por eso es preciso evitar que esta etapa de transición coincida, por ejemplo, con una mudanza o con la llegada de un hermanito. En este último caso, es preferible que el chico empiece a ir a la escuela unos meses antes del nacimiento o dejar pasar un tiempo hasta que se haya acostumbrado a la nueva situación.

También hay que tener en cuenta que, para los muy pequeños, un largo viaje en auto o colectivo implica, además de un buen madrugón y algún que otro pequeño mareo, la sensación de estar mucho más lejos de casa y de mamá.

A veces ocurre que son los propios padres los que obstaculizan la adaptación: porque les cuesta separarse de sus hijos, porque temen que algo malo les ocurra, porque no quieren confiar su educación a un extraño o, simplemente, porque sienten celos ante la posibilidad de que le tomen demasiado cariño a su “serio”. También los padres deben prepararse para esta nueva etapa.

Es importante que los chicos desarrollen intereses y afectos fuera del seno familiar.

Al fin y al cabo, una vez que se han acostumbrado, la escuela se convierte en una parte fundamental de su vida. Y, seguramente, si los chicos pudieran diseñar su propio lugar de recreo, probablemente describirían algo muy parecido a un jardín de infantes.

S. Falda

El más grande el mas chico, el del medio

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La historia fami­liar le da a cada hijo un lugar —con sus característi­cas— que va más allá del que ocupa según su orden de nacimiento.

Existen distintas versiones acerca de cuál es el “ideal” en materia de número de hijos. Algunos suponen que “lo mejor” es muchos; otros creen que lo indicado es uno y también hay quienes sostienen que “lo preferible” son dos. Sin duda, todas estas versiones pueden ser “ciertas” y “falsas” tanto para los especialistas como para quienes no lo son.

Lo mismo ocurre con el lu­gar que ocupan por nacimien­to. También hay supuestos acerca de las ventajas y des­ventajas de ser el mayor, el menor o el del medio.

La historia familiar

No hay respecto de la canti­dad de hijos ni de su orden de nacimiento saberes “exactos” que nos permitan afirmar la bondad de un número o el be­neficio de un lugar.

Si Gonzalo es el hijo del medio, no hay nada que nos haga deducir que será su­friente y conflictivo. De igual manera, nada nos asegura que Gisella sea la consentida de la familia por ser la menor ni que Florencia sea la hija que ejerza el liderazgo entre sus hermanos por ser la más grande.

Si bien el mayorazgo (pri­vilegio de los mayores) y el minorazgo (privilegio de los menores) tienen hoy cierto valor social, a la hora de la verdad se juegan situaciones más complejas y poco visi­bles.

Si queremos entender qué hay detrás de los lugares de los hijos (y de sus caracterís­ticas), deberemos adentramos en las tramas secretas de la es­tructura familiar.

Estas tramas que suelen ser desconocidas para la mis­ma familia, son secretos hilos invisibles que explican por qué a Enrique todo le costó tanto en la vida y a su herma­no Gustavo le fue tan fácil. O por qué Marcela y Rocío, siendo hermanas, tienen vi­das tan distintas como sus nombres.

El lugar del deseo

Esos lugares los otorga el de­seo inconsciente que los pa­dres depositan en los hijos, pero también la “lectura” que los hijos hacen de ese deseo y que los lleva a ubicarse en determinado lugar.

Son juegos familiares, ru­letas inconscientes que otor­gan felicidad o desdicha, o ambas al mismo tiempo, a los que estamos sujetos sin sa­berlo.

Dora y Walter tienen tres hijos hoy ya adolescentes: Sil­vina, Patricio y Mercedes de 19, 17 y 14 años respectiva­mente. Se supone que Silvi­na debería tener consagrados los derechos de la primogéni­ta, pero esto no es así: tiene los deberes pero no los bene­ficios. Se ha ocupado de los hermanos como buena hija “mayor”; sin embargo, pese a haber “pagado” con esme­ro y dedicación, no ha logra­do los beneficios del mayo­razgo.

Esos beneficios le fueron otorgados a su hermano Pa­tricio cuyo nombre no es ca­sual. Patricio es lo noble, lo aristocrático, lo digno, lo res­petable, lo honroso. Es la rea­lidad del deseo inconsciente de los padres que deseaban un hijo varón como primogéni­to. Y Patricio recibe así los atributos de un “patricio”, de un primogénito, desplazando a Silvina del lugar. Como ve­mos, la trama familiar “no “respetó” aquí lo que se su­ponía que respondía al orden desplazando del nacimiento.

Ahora bien, hay técnicos y profanos que siempre en­cuentran ciertas característi­cas en los hijos de acuerdo con el orden en que nacieron. Por lo general, el monto de expectativas depositadas en el primero es muy grande. El estrenar una experiencia, el encontrarse embarcados en el primer embarazo, en la pri­mera gran aventura de la ma­ternidad y de la paternidad, ubica a los futuros padres en una situación particular.

Todo lo que se vive es nuevo, distinto. La cantidad de fantasías acumuladas a lo largo de la existencia respec­to del hijo surgen por prime­ra vez. Esto condiciona de una manera peculiar el pri­mer embarazo, el primer par­to, el primer nacimiento. Sue­ños y temores, vivencias y presagios, alegrías y dudas irrumpen en la pareja de ma­nera original.

Con frecuencia, el segun­do hijo suscita en los padres dos sentimientos típicos : el miedo a que lo bueno que pa­só en la primera experiencia se anule en la segunda o la percepción de que esta expe­riencia complete las bonda­des de la primera.

No hay dos sin tres, cuatro…

Los hijos que vienen después del segundo encuentran a los padres más “cancheros”, se­renos, relajados. La sensación es que, cuando se va por el “tercero”, el “carnet de pa­dres” ya está en la bolsa.

Esto condiciona el modo en que se vive la gestación y el nacimiento de ese hijo, quien encontrará un “nido” más tranquilo que le permiti­rá deslizarse y crecer con más facilidad.

De todos modos, sería im­portante que los padres hicie­ran el esfuerzo de descubrir qué expectativas, deseos y afectos han depositado en ca­da uno de sus hijos. De esa manera, podrán escapar —de vez en cuando— de las exigen­cias, reclamos y frustraciones, y comprender mejor el por­qué la conducta de cada uno de los chicos.

Lic. Horacio Belinco

Fuente: Revista Ser Padres nro 100