Estrenar colegio a los 2 años

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Los jardines de infantes o guarderías no son depósitos de chicos. Llevarlos a un centro de este tipo no tiene por qué ser un castigo para ellos, sino una experiencia muy positiva.

Dicen los expertos que, a partir de los tres años, los chicos deben ampliar su círculo social y empezar a relacionarse con otros chicos de su edad. Por eso, la mayoría de los padres prefiere esperar hasta el tercer cumpleaños para enviar a sus hijos a un jardín de infantes. Sin embargo, son muchas las parejas en las que ambos miembros trabajan y no pueden dedicar a su hijo las 24 horas del día, por lo que deben adelantar ese momento.

Una experiencia importante

Para quienes no tienen la suerte de contar con una persona de toda confianza, familiar o conocido, que acceda a quedarse con el pequeño durante algunas horas, el jardín o la guardería se convierten en la única alternativa. Claro que, llegado el momento, comienzan a aparecer las dudas, los temores y un casi inevitable sentimiento de culpa: ¿Debemos esperar un año más?, ¿estará bien atendido?, ¿lo perjudicará empezar tan temprano?

No obstante, cada chico tiene su propio ritmo de desarrollo físico y emocional, lo que significa que no puede establecerse con total exactitud un límite de edad a partir del cual ya están preparados para ingresar en un centro escolar. Por lo tanto, los dos años pueden ser un momento tan bueno como otro cualquiera para empezar a conocer lugares nuevos y personas ajenas al entorno familiar.

Es importante desterrar la idea de que los jardines o guarderías son lugares donde “depositar” a los pequeños durante algunas horas. Acu­dir a un centro de educación infantil no es, ni mucho me­nos, un castigo para ellos. Muy por el contrario. se trata de una experiencia positiva, que conlleva innumerables ventajas. Muchas más de las que los padres suponemos.

Como en casa, o mejor

El desarrollo del pequeño es muy importante en esta fase, y es labor de las escuelas elaborar un proyecto educativo adecuado a la edad de los alumnos que reciben. Se trata de que los pequeños adquieran unos conocimientos básicos que los vayan preparando para la verdadera escuela y enseñarles entre otras cosas, a controlar los es­fínteres, a lavarse, a hablar correctamente y a relacionarse y jugar con los demás chicos.

Al principio, casi ninguno acepta de buen grado separarse de sus padres y tener que ir todos los días a un lugar extraño lleno de gente desconocida. La adaptación puede ser más lenta de lo esperado. Por eso conviene allanarles el terreno y prepararlos para el gran día con suficiente anticipación.

Los padres deben hablar a su hijo del sitio, de lo ameno que es, de los chicos con los que podrá jugar… También pueden contarle una historia en la que el protagonista vaya a un jardín, lugar donde le ocurren un montón de cosas divertidas. O bien, jugar en familia a escenificar la situación: “Ahora mamá es la maestra y tú y papá son los alumnos”. Para que se acostumbre a estar separado de la familia, sería bueno dejarlo, de vez en cuando, al cuidado de otras personas o permitirle jugar en casa de un vecino o amigo.

Un cambio gradual

En cualquier caso, cuando empiecen a acudir al centro educativo, los chicos tendrán que atravesar una etapa de transición en la que padres y educadores colaboren. Es necesario que el pequeño visite el jardín unos días antes para familiarizarse con las instalaciones y con las que serán sus maestras. Le facilitará las co­sas poder llevar consigo un objeto al que tenga gran apego, como su osito de peluche, su trapito de consuelo o su juguete favorito.

Por su parte, los padres deben insistir en que se permita a su hijo realizar una incorporación gradual (al principio dos o tres horas, nada más) y que uno de los dos, la madre o el padre, se quede en el jardín, en los primeros días, tantas horas como haga falta.

Es fundamental mantener un diálogo abierto con los responsables de la escuela y comentar con ellos cómo transcurre la adaptación.

Para tener en cuenta

Conviene asegurarse de que nuestro hijo no vaya a sufrir cambios de maestra o de grupo. Esto es importante porque los chicos, especialmente los más pequeños, necesitan tener unos puntos de referencia estables y no pueden asumir demasiadas novedades de una vez. Su miedo a los extraños y al abandono es tan grande como su temor a los cambios bruscos. Por eso es preciso evitar que esta etapa de transición coincida, por ejemplo, con una mudanza o con la llegada de un hermanito. En este último caso, es preferible que el chico empiece a ir a la escuela unos meses antes del nacimiento o dejar pasar un tiempo hasta que se haya acostumbrado a la nueva situación.

También hay que tener en cuenta que, para los muy pequeños, un largo viaje en auto o colectivo implica, además de un buen madrugón y algún que otro pequeño mareo, la sensación de estar mucho más lejos de casa y de mamá.

A veces ocurre que son los propios padres los que obstaculizan la adaptación: porque les cuesta separarse de sus hijos, porque temen que algo malo les ocurra, porque no quieren confiar su educación a un extraño o, simplemente, porque sienten celos ante la posibilidad de que le tomen demasiado cariño a su “serio”. También los padres deben prepararse para esta nueva etapa.

Es importante que los chicos desarrollen intereses y afectos fuera del seno familiar.

Al fin y al cabo, una vez que se han acostumbrado, la escuela se convierte en una parte fundamental de su vida. Y, seguramente, si los chicos pudieran diseñar su propio lugar de recreo, probablemente describirían algo muy parecido a un jardín de infantes.

S. Falda