El más grande el mas chico, el del medio

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La historia fami­liar le da a cada hijo un lugar —con sus característi­cas— que va más allá del que ocupa según su orden de nacimiento.

Existen distintas versiones acerca de cuál es el “ideal” en materia de número de hijos. Algunos suponen que “lo mejor” es muchos; otros creen que lo indicado es uno y también hay quienes sostienen que “lo preferible” son dos. Sin duda, todas estas versiones pueden ser “ciertas” y “falsas” tanto para los especialistas como para quienes no lo son.

Lo mismo ocurre con el lu­gar que ocupan por nacimien­to. También hay supuestos acerca de las ventajas y des­ventajas de ser el mayor, el menor o el del medio.

La historia familiar

No hay respecto de la canti­dad de hijos ni de su orden de nacimiento saberes “exactos” que nos permitan afirmar la bondad de un número o el be­neficio de un lugar.

Si Gonzalo es el hijo del medio, no hay nada que nos haga deducir que será su­friente y conflictivo. De igual manera, nada nos asegura que Gisella sea la consentida de la familia por ser la menor ni que Florencia sea la hija que ejerza el liderazgo entre sus hermanos por ser la más grande.

Si bien el mayorazgo (pri­vilegio de los mayores) y el minorazgo (privilegio de los menores) tienen hoy cierto valor social, a la hora de la verdad se juegan situaciones más complejas y poco visi­bles.

Si queremos entender qué hay detrás de los lugares de los hijos (y de sus caracterís­ticas), deberemos adentramos en las tramas secretas de la es­tructura familiar.

Estas tramas que suelen ser desconocidas para la mis­ma familia, son secretos hilos invisibles que explican por qué a Enrique todo le costó tanto en la vida y a su herma­no Gustavo le fue tan fácil. O por qué Marcela y Rocío, siendo hermanas, tienen vi­das tan distintas como sus nombres.

El lugar del deseo

Esos lugares los otorga el de­seo inconsciente que los pa­dres depositan en los hijos, pero también la “lectura” que los hijos hacen de ese deseo y que los lleva a ubicarse en determinado lugar.

Son juegos familiares, ru­letas inconscientes que otor­gan felicidad o desdicha, o ambas al mismo tiempo, a los que estamos sujetos sin sa­berlo.

Dora y Walter tienen tres hijos hoy ya adolescentes: Sil­vina, Patricio y Mercedes de 19, 17 y 14 años respectiva­mente. Se supone que Silvi­na debería tener consagrados los derechos de la primogéni­ta, pero esto no es así: tiene los deberes pero no los bene­ficios. Se ha ocupado de los hermanos como buena hija “mayor”; sin embargo, pese a haber “pagado” con esme­ro y dedicación, no ha logra­do los beneficios del mayo­razgo.

Esos beneficios le fueron otorgados a su hermano Pa­tricio cuyo nombre no es ca­sual. Patricio es lo noble, lo aristocrático, lo digno, lo res­petable, lo honroso. Es la rea­lidad del deseo inconsciente de los padres que deseaban un hijo varón como primogéni­to. Y Patricio recibe así los atributos de un “patricio”, de un primogénito, desplazando a Silvina del lugar. Como ve­mos, la trama familiar “no “respetó” aquí lo que se su­ponía que respondía al orden desplazando del nacimiento.

Ahora bien, hay técnicos y profanos que siempre en­cuentran ciertas característi­cas en los hijos de acuerdo con el orden en que nacieron. Por lo general, el monto de expectativas depositadas en el primero es muy grande. El estrenar una experiencia, el encontrarse embarcados en el primer embarazo, en la pri­mera gran aventura de la ma­ternidad y de la paternidad, ubica a los futuros padres en una situación particular.

Todo lo que se vive es nuevo, distinto. La cantidad de fantasías acumuladas a lo largo de la existencia respec­to del hijo surgen por prime­ra vez. Esto condiciona de una manera peculiar el pri­mer embarazo, el primer par­to, el primer nacimiento. Sue­ños y temores, vivencias y presagios, alegrías y dudas irrumpen en la pareja de ma­nera original.

Con frecuencia, el segun­do hijo suscita en los padres dos sentimientos típicos : el miedo a que lo bueno que pa­só en la primera experiencia se anule en la segunda o la percepción de que esta expe­riencia complete las bonda­des de la primera.

No hay dos sin tres, cuatro…

Los hijos que vienen después del segundo encuentran a los padres más “cancheros”, se­renos, relajados. La sensación es que, cuando se va por el “tercero”, el “carnet de pa­dres” ya está en la bolsa.

Esto condiciona el modo en que se vive la gestación y el nacimiento de ese hijo, quien encontrará un “nido” más tranquilo que le permiti­rá deslizarse y crecer con más facilidad.

De todos modos, sería im­portante que los padres hicie­ran el esfuerzo de descubrir qué expectativas, deseos y afectos han depositado en ca­da uno de sus hijos. De esa manera, podrán escapar —de vez en cuando— de las exigen­cias, reclamos y frustraciones, y comprender mejor el por­qué la conducta de cada uno de los chicos.

Lic. Horacio Belinco

Fuente: Revista Ser Padres nro 100